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miércoles, 24 de febrero de 2016

Manual para no morir de amor


1. Si ya no te quieren, aprende a perder y retírate dignamente.

Es primordial, decirse uno mismo: ¿quiero estar con una persona que no me quiere? Hay que saber perder, reconocerse perdedor, aunque duela, pero es menos doloroso perder una relación, que perder una vida en una relación, insistiendo en algo que ya no existe. Es mejor utilizar toda esa energía en recuperarse uno mismo, alejándose de la fuente del dolor.


Cuando realmente ya no te aman, con independencia de las razones y causas posibles, hay que deponer el espíritu guerrero y no librar una batalla inútil y desgarradora; es mejor sufrir la pérdida de una vez que someterse a una incertidumbre sostenida y cruel”, aconseja el psicólogo.


Si tú eres la persona a la que dejarán por otra, aunque duela, jamás deberás recurrir a la manipulación social y emocional. Es una prueba de madurez aceptar que cuando ya no te aman, ya no te aman, lo mejor será dejar libre a esa persona puesto que su corazón ya no está junto a ti.


2. Casarse con el amante es como echarle sal al postre.


¿Amante o no amante?, ¿Hay algún riesgo que te quedes sin pareja y sin amante? ¿Conoces a tu amante lo suficiente para saber si son compatibles para una vida de pareja?,¿Es realmente amor, o es sólo pasión, sexo, placer? ¿Eres capaz de confiar en la fidelidad del que fue amante y ahora comparte tu vida? 


Solamente un pequeño porcentaje de amantes que acaban casándose o se van a vivir juntos, mantienen una relación que funcione", mantiene el experto. “Despertar del éxtasis, reestructurar la locura simpática que mantenía viva la relación tiene sus consecuencia y contraindicaciones; es muy difícil reglamentar el amor pasional y que el hechizo no se rompa”, asegura.


3. Evita el sacrificio irracional: no te anules para que tu pareja sea feliz.


...porque autocastigarte para levantarle la moral a otro es matar el amor en nombre del amor; ésa es la paradoja”, apunta Riso. Se refiere a la costumbre que tienen muchas personas de tratar de ser menos por todos los medios, para que la pareja se sienta más. Esta es una compensación negativa. 

Muchas veces la poca capacidad de la pareja nos duele, e intentamos eliminar este sufrimiento a cualquier precio, hundiéndonos para que la pareja salga a flote. Es autocastigarse y anularse por amor. Algo completamente paradójico porque cuando te saboteas a ti mismo por alguien más, el amor desaparece. Esta conducta se llama autoaniquilación psicológica por afecto.


4. ¿Ni contigo ni sin ti? ¡Corre lo más lejos posible!


Muchas veces, sin darnos cuenta, hacemos daño a nuestra relación de pareja entre un sí quiero pero no. Para aquellos enamorados a quienes su pareja martiriza con el tan manido “ni contigo ni sin ti”, Riso aconseja que corran con todas las fuerzas lo más lejos posible y no salten al compás del otro, sino que sean rotundos y contundentes en el “se acabó”.

La indecisión es una manera distorsionada de amar. Si deseas una relación de pareja, iniciala con una persona COHERENTE entre sus actos y sentimientos.

Cómo manejar la ambigüedad afectiva y no caer en el juego de una espera inútil:

1. No aceptes pasiva ni condescendientemente el rechazo. 

2. No saltes al compás del otro

3. No te enfrasques en explicaciones y discusiones inútiles.
4. No confundas los roles. Eres pareja, NO terapeuta.
5. No permitas que te seduzcan con palabras.

“Si decides seriamente salirte del juego, notarás que, poco a poco, tus emociones empezarán a depender de ti: este proceso se conoce como ‘autorregulación’ y permitirá que la actitud dubitativa del otro te afecte menos, que te mueva, pero no te tumbe”, enfatiza este psicólogo clínico.


5. El poder afectivo lo tiene quien necesita menos al otro.

Otro principio de supervivencia radica en alertar sobre que el poder afectivo lo tiene quien necesita menos del otro,  y no faltan quienes intentan sacarle provecho con el mensaje implícito de que se irán si no le dan lo que desea.  Aquí el problema radica que se otorga a la otra persona el poder sobre ti, la dependencia propia es la encargada de ello, apegándose a la relación, a la pareja.


La solución radica en recuperar la autonomía, el propio poder, asumir la libertad. El apego idiotiza. 

Ensaya la soledad”, es el consejo del experto, en el bien entendido de que la soledad afectiva no tiene porqué ser una tortura y que no se define por sustracción (estar “sin ella o sin él”) sino por la multiplicación del ‘yo’, que se recrea en el autodescubrimiento. “Invítate a ti mismo a salir y conversa de ‘tu a tú’ o de “’yo a yo’ y tendrás que reconocer, aunque sea a regañadientes, que la persona a la que quieres, a veces, sobra y molesta, a pesar de que la ames”.


martes, 23 de febrero de 2016

Pelear la vida. A regañadientes, a las malas, con las uñas, como quieras, pero no hay otra opción. Puedes sentarte a llorar tu mala suerte, a lamentarte de la “injusta” soledad, a sentir lástima por tu aporreado yo y autocompadecerte. O por el contrario, puedes levantar cabeza y aplicar una dosis de racionalidad a tu desajustado corazón.



Si te dejó, si se fue como un soplo, si no le importaste, si te hizo a un lado con tanta facilidad, si no valoró lo que le diste, si apenas le dolió tu dolor, si decidió estar sin tu presencia, ¿no será, y lo digo solo como hipótesis, que no te merece?.
Y si te dejó porque ya no te ama, porque se le agotaron los besos, y hasta la más simple de las caricias se le convirtió en tortura, ¿no será, y lo digo solo como hipótesis, que ya no te ama?
¿Y no será, que si fue cruel o se le terminó el amor, ya no tiene sentido insistir en resolver lo que ya está resuelto? ¿No será que hay que quemar las naves, cerrar el capítulo y dirigir la atención a otra parte? No se trata de no sufrir, sino de darle al sufrimiento un giro y elaborar el duelo (resignarse a la pérdida). No preocuparse por lo que podría haber sido y no fue, sino por que es.
Lo curioso del despecho es que los que han sido abandonados, casi siempre terminan por autocastigarse: “Si la persona que amo no me quiere, no merezco el amor” o “Si la persona que dice quererme me deja, definitivamente no soy querible”. La consecuencia de esta manera de pensar es nefasta. El comportamiento se acopla a la distorsión y el sujeto intenta confirmar, mediante distintas sanciones, que no merece el amor. Veamos cuatro formas típicas de autocastigarse que utilizan los “abandonados”:
1. Estancamiento motivacional: “No merezco ser feliz, entonces elimino de mi vida todo lo que me produzca placer” (autocastigo motivacional
2. Aislamiento afectivo: “No merezco a nadie que me quiera. Cuánto más me guste alguien, más lo alejo de mi lado” (autocastigo afectivo)
3. Reincidencia afectiva negativa: Buscar nuevas compañías similares a la persona que nos hizo o todavía nos hace sufrir (profecía autocastigante)
4. Promiscuidad autocastigadora: Entregarse al mejor postor, “prostituirse” socialmente o dejar que hagan de uno lo que quieran (autocastigo moral)
Me preguntó, ¿Y no será que de pronto no eres tan culpable como crees, y que no haya ni buenos ni malos, vencedores y vencidos?
Ahora que te dejó, hay que comenzar a vivir de otra manera. Retomar lo bueno que tenías olvidado y arrancar. Todos somos capaces de recuperarnos del fracaso afectivo. Al principio duele hasta el alma, pero al cabo de un tiempo, si eliminamos el autocastigo, la mente empieza reponerse.
Piensa en las pérdidas que has tenido anteriormente en tu vida, y cómo ahora, no te producen ni rasquiña. Es muy probable que dentro de un tiempo, esta última decepción, la que ahora estás padeciendo, quede reducida a un recuerdo insípido y descolorido.
Y mientras tanto, te toca sobrevivir. Evitar caer en los puntos a, b, c y d. Rodearte de amigos y amigas de verdad, porque la amistad cura. También puedes acceder a la vida espiritual que tenías abandonada, y no me refiero a encerrarte en un templo, sino revisar tu sentido de vida. Las crisis activan la autobservación y nos obligan a mirarnos desde una óptica nueva.
Siempre habrá alguien, testarudo y persistente, que nos quiera a pesar de todo. A esta hora, en algún lugar de la ciudad, hay una persona desconocida que aún no conoces, dispuesta a contagiarte de amor, que pronto entrará a tu vida. Es solo cuestión de tiempo.



lunes, 22 de febrero de 2016

Hay amores que son como un huevo sin sal: desabridos. Puede que el sentimiento exista, pero no se ve ni se siente. Se intuye, se presiente, pero no se evidencia.


No aparece. Solo recorre, discreto y fantasmal, la periferia de alguna piel deseosa de experimentar la bendición de las caricias. Un amor aséptico no necesita una cama, sino un quirófano. Es una flor cerrada que se ahoga en su perfume. Un capullo de clima caliente en clima frío. El amor requiere aire despejado, largas primaveras y buena temperatura ambiente. De no ser así, se arruga, se repliega sobre sí mismo y envejece.
El impulso afectivo debe moverse con libertad para no morir. Y no me refiero al sentir desbocado que lastima y enloquece, sino a la candela que necesita el amor para mantenerse vivo.
Un afecto timorato, amansado y moldeado por el hipercontrol, se parece más a un ordenador que a un ser humano. No debería extrañarnos que el primitivo y encantador lenguaje afectivo llegue a ser reemplazado por uno mucho más aburrido y reflexivo. Por ejemplo: “Caramba… Caramba…Creo que mi activación interna y las manifestaciones de mi musculatura estriada me indican que estoy llegando al clímax…”. El beso espontáneo, apasionado y devorador que ha caracterizado a los Rodolfo Valentino de este siglo, podría ser sustituido por una higiénica invitación al roce bucal: “Discúlpame… no quiero ofenderte ni pasar por atrevido… pero te invito a que intercambiemos nuestros respectivos alientos…”. La racionalidad es la peor enemiga de la pasión.
Las personas que han hecho de la mesura sentimental una especie de virtud constipada, no solamente frustran a su compañero o compañera, sino que se autoproclaman en directores espirituales del buen comportamiento. Una cosa es el pudor natural que acompaña la experiencia amorosa, y otra muy distinta, la fobia a sentir. Es verdad que la ética del amor requiere una buena dosis de responsabilidad, pero también es cierto que el bloqueo indiscriminado del afecto destruye cualquier vínculo.
“Para qué decirle que la quiero, si ella ya lo sabe”, decía un señor aterrado ante la posibilidad de contemplar a su deprivada mujer. Pero el cariño nunca sobra. El acto de amar no conoce redundancias. Un “te recontraquiero” es mucho más seductor y placentero que un “te quiero” a secas. El escueto y tradicional “buen día” se magnifica cuando lo acompañamos de un abrazo y un pico mañanero. Un pellizcón al atardecer puede ser el preludio de las mil y una noches. Sacar espinillas, peinar canas, jugar con los dedos del otro, susurrar, murmurar, suspirar cara a cara y sobar, son notificaciones y recordatorios de que la relación está viva. Es preferible un amor barroco, con mayúsculas y letras góticas, a un afecto postmoderno, mezquino y de letra menuda.
Una buena relación no permite la duda afectiva. Cuando el sentimiento vale la pena, es tangible, incuestionable y casi axiomático. No pasa desapercibido porque las miradas casi siempre nos delatan.  Es muy claro: si la persona que dice amarme vive “confundida”  y me acaricia cada muerte de obispo, la cosa está grave. Puede que me aprecie bastante, pero no creo que me ame.
¿Cuándo fue la última vez que te desmadejaste en los brazos de la persona amada? ¿Hace cuánto que no amaneces encalambrado, retorcido, anudado con las piernas del otro, sin almohadas y con tortícolis? El bienestar afectivo no es otra cosa que cariño al por mayor. Ese es el secreto: dejar salir el amor por los cuatro costados (en realidad son seis) hasta inundar la persona que amas. Lo demás viene por añadidura.
El ímpetu amoroso no puede silenciarse. Cuando se dispara, el organismo no cabe en su pellejo, lo implícito se hace explícito y el cuerpo, incontenible, se desborda en imprudencias. Y es precisamente ahí, entre el cataclismo hormonal y la comunión de dos, que el amor comienza a saborearse.